Dentro de nosotros somos danza que busca emerger para celebrar y acariciar la existencia. Es en nuestro cuerpo donde se manifiestan los principios del movimiento, donde nace la materia prima para expresarnos con fluidez y libertad.

Uno de esos principios esenciales de la danza, la creatividad y la vida misma es el Ritmo.

Si buscamos conectarnos con el ritmo de la música, primero necesitamos ser nuestro propio ritmo… o sea percibir y vivirlo desde adentro de nosotros antes de buscarlo afuera. Sentir el ritmo es conectar con nuestro interior. Si escuchamos el pulso de nuestro corazón y danzamos a su ritmo podremos resonar con la música.

Todo lo que está vivo tiene un ritmo propio. Nuestro cuerpo funciona gracias al ritmo; La naturaleza se rige por ritmos y su equilibrio depende de este: el día y la noche, las estaciones del año, los ciclos lunares, el latido de nuestro corazón. Por eso el ritmo provoca un efecto especial en nosotros que nos lleva a un vaivén de intercambios armónicos, naturales y lúdicos. Nuestro cuerpo oscila en la necesidad urgente de volver al movimiento suave, sensual y empático.

Cultivar el ritmo tiene efectos curativos que nos regresa a un estado de tranquilidad y equilibrio. Así enfocamos nuestra atención y energía pero sin estrés. No es un látigo que nos apresura o presiona. No se asoma la cadencia si lo tomamos demasiado enserio. El ritmo es jugar sin buscar ser perfectos. Es punto de encuentro de miradas, gestos, risas, pisadas, suspiros. Es posibilidad de intercambio entre las diversas culturas, expresiones y lenguajes. Es el diálogo sin palabras que nos devuelve el vínculo con nuestro cuerpo, esa comunicación intuitiva para nuevamente fluir con lo que nos rodea.

El ritmo se expande y se contrae, va y regresa como un impulso que se entrega sin apego, sin resistencias ni defensas, poco a poco dilatándose… después regresa a su interior y toma la fuerza desde adentro para nacer a otro impulso. Podemos concebirlo como la combinación, la complicidad de movimientos y pausas, de sonidos y silencios o el arte de saltar al abismo para dejarse suspender en el eco de los latidos… en el instante irrepetible donde permanecemos como si el tiempo no existiera. Solo siendo palpitar, disfrutando sin prisa para ser continuidad de los cuerpos y espacios, una vez más…